Calabozos

18:43 Dano Garibaldi 0 Comments

No podía soportar la idea de tener que vivir encadenado, el simple hecho de imaginarlo le volvía un ente nervioso y tembloroso, asustado, vulnerable. La realidad lo golpeaba en la cara y él no reaccionaba, como títere sin titiritero yacía en el piso, abrazaba sus piernas, apenas parpadeaba, no tenía con quién hablar y no esperaba tener que volver a hacerlo. Prefería morir antes que pasar una noche más en ese encierro.

Las goteras aumentaban cada noche dada la incesante lluvia, el fétido olor de la cloaca parecía ya no importarle. En ocasiones escuchaba extraños y aterradores sonidos que lo guiaban a la constante pesadilla de la infancia. A veces, cuando lograba sumergirse en sus sueños, mientras surcaba las nubes, nadaba en el profundo océano o, simplemente, se veía a sí mismo volviendo a casa, algún animal caminando sobre su pierna lo devolvía a la realidad, y así, sin más, continuaba la pesadilla, esa pesadilla que no era un sueño, pero tampoco lo dejaba dormir.

Cuando se está encerrado parece que el tiempo no pasa.

Todo lucía igual y lo único que parecía moverse es la sombra que genera la luz del sol tras los barrotes, cinco metros sobre la enorme placa de acero que hacía las labores de puerta. Esa puerta era, y nada más, la culpable de que él estuviera ahí. Por las noches, la luna asomaba con desparpajo para dejar un poco de su esplendor, de su energía, de esa energía que siendo gloriosa y basta, para él sólo eran ya migajas de todo lo que había sido.

La desesperación aumentaba, por momentos era una tormenta y en un instante era silencio, era quietud, pero no una reconfortante, sino una quietud de esas desesperanzadoras, de esas que te arrebatan el espíritu, las ganas de continuar y las de vivir.

Todo esto ocurría hasta que él despertó, y se reencontró ahí, era distinto al sujeto de su sueño, más apuesto y arreglado, viviendo en medio de lujos y falsas necesidades. Se encontró rodeado de personas que lo cuidaban, pero no le tenían afecto alguno. Se dispuso a tomar una ducha mientras un asistente leía la agenda del día: inauguraciones, discursos, política, ¡Política!, él la odiaba.

El agua caía sobre sus hombros y no parpadeaba ni una sola vez, inmerso en sus pensamientos no decayó y se mostró sumiso, de nuevo, como en su sueño, aceptaba que era lo que le tocaba vivir, y así se dispuso a hacerlo.Pasó el tiempo y todo seguía su marcha, un ritmo desbocado de eventos que parecían no importarle a nadie más que a aquellos que simulaban afecto o cercanía, pero que, evidentemente, sólo era eso, simulaban.

La noche cubrió el valle y después de otro agobiante día sin sentido, de estrés vacío y arcas llenas, por fin pudo dormir. Y yo desperté. Desperté y me invadió una necesidad por compartir tremenda experiencia conmigo mismo, ese cúmulo de sensaciones que la vida nos da en todo momento y a las que nosotros ignoramos con desprecio, y entonces me di cuenta, todos y cada uno de nosotros, tenemos nuestros propios calabozos, y después del increíble viaje de la noche anterior, no pude hacer más que reflejar la alegría de ser quien era, y de estar donde me encontraba. Sonreí.

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