Calabozos

No podía soportar la idea de tener que vivir encadenado, el simple hecho de imaginarlo le volvía un ente nervioso y tembloroso, asustado, vulnerable. La realidad lo golpeaba en la cara y él no reaccionaba, como títere sin titiritero yacía en el piso, abrazaba sus piernas, apenas parpadeaba, no tenía con quién hablar y no esperaba tener que volver a hacerlo. Prefería morir antes que pasar una noche más en ese encierro.

Las goteras aumentaban cada noche dada la incesante lluvia, el fétido olor de la cloaca parecía ya no importarle. En ocasiones escuchaba extraños y aterradores sonidos que lo guiaban a la constante pesadilla de la infancia. A veces, cuando lograba sumergirse en sus sueños, mientras surcaba las nubes, nadaba en el profundo océano o, simplemente, se veía a sí mismo volviendo a casa, algún animal caminando sobre su pierna lo devolvía a la realidad, y así, sin más, continuaba la pesadilla, esa pesadilla que no era un sueño, pero tampoco lo dejaba dormir.

Cuando se está encerrado parece que el tiempo no pasa.

Todo lucía igual y lo único que parecía moverse es la sombra que genera la luz del sol tras los barrotes, cinco metros sobre la enorme placa de acero que hacía las labores de puerta. Esa puerta era, y nada más, la culpable de que él estuviera ahí. Por las noches, la luna asomaba con desparpajo para dejar un poco de su esplendor, de su energía, de esa energía que siendo gloriosa y basta, para él sólo eran ya migajas de todo lo que había sido.

La desesperación aumentaba, por momentos era una tormenta y en un instante era silencio, era quietud, pero no una reconfortante, sino una quietud de esas desesperanzadoras, de esas que te arrebatan el espíritu, las ganas de continuar y las de vivir.

Todo esto ocurría hasta que él despertó, y se reencontró ahí, era distinto al sujeto de su sueño, más apuesto y arreglado, viviendo en medio de lujos y falsas necesidades. Se encontró rodeado de personas que lo cuidaban, pero no le tenían afecto alguno. Se dispuso a tomar una ducha mientras un asistente leía la agenda del día: inauguraciones, discursos, política, ¡Política!, él la odiaba.

El agua caía sobre sus hombros y no parpadeaba ni una sola vez, inmerso en sus pensamientos no decayó y se mostró sumiso, de nuevo, como en su sueño, aceptaba que era lo que le tocaba vivir, y así se dispuso a hacerlo.Pasó el tiempo y todo seguía su marcha, un ritmo desbocado de eventos que parecían no importarle a nadie más que a aquellos que simulaban afecto o cercanía, pero que, evidentemente, sólo era eso, simulaban.

La noche cubrió el valle y después de otro agobiante día sin sentido, de estrés vacío y arcas llenas, por fin pudo dormir. Y yo desperté. Desperté y me invadió una necesidad por compartir tremenda experiencia conmigo mismo, ese cúmulo de sensaciones que la vida nos da en todo momento y a las que nosotros ignoramos con desprecio, y entonces me di cuenta, todos y cada uno de nosotros, tenemos nuestros propios calabozos, y después del increíble viaje de la noche anterior, no pude hacer más que reflejar la alegría de ser quien era, y de estar donde me encontraba. Sonreí.

Fernanda

Él despertó un día sin saber que sería especial, sin saber que marcaría el inicio de un viaje distinto a lo que conocía. Pasaba el tiempo y todo lucía tan mundano y cotidiano que no podría ser diferente ese día, pero el color del cielo y las nubes formadas en extrañas figuras, el cantar de las aves y la música del viento golpeando las hojas de los árboles, eran sólo el preámbulo de lo que estaba por ocurrir.

Decidió salir a caminar por las angostas avenidas de la ciudad, la lluvia había sido una constante en los últimos días y tras la resurrección del sol en el panorama todo lucía pintado como con acuarela, era mágico. La caminata se tornó en un paseo de reflexión y descubrimiento, había algo que le hacía sentir incompleto pero no tenía la seguridad del por qué de ese sentimiento.

Tras un par de horas llegó a una pintoresca plaza en la que los domingos eran especiales, la gente, el hombre de los globos, los niños, los músicos y bailarines hacían de este lugar algo distinto, algo único, inigualable. Tomó asiento bajo la sombra de un viejo árbol y sacó un viejo cuaderno, una pluma y empezó a escribir, pocas terapias personales le funcionaban tan bien como esa.

El tiempo se escurría entre sus páginas y pronto estuvo tan oscuro como para continuar sus letras, por ello, decidió levantarse y emprender su marcha regreso a casa, pero la sensación era ya distinta, ya sabía lo que le hacía falta, lo que llenaría ese espacio vacío, ese espacio que a gritos pedía por una emoción que lo ocupara.

Al llegar a casa tenía un extraño sentimiento de alivio pero angustia al mismo tiempo, su descubrimiento le había dejado perplejo y confundido, pero sabía que las oportunidades están ahí para tomarlas y no podía dar marcha atrás. Tras unos minutos más de meditación decidió que era ya el momento de enfrentar las dudas y encarar la realidad, esa realidad que le hacía cosquillas y le quitaba el sueño.

A la mañana siguiente salió decidido a enfrentarlo todo por conseguir su objetivo, por dejar de buscar la solución y encontrarla de frente, a final de cuentas, lo único que quería era estar con ella.


A lo largo de nuestro viaje conocemos personas que llegan para quedarse, que llegan para marcar un antes y un después, un punto y aparte, un punto final. Todos tenemos esos momentos al alcance de nuestras manos y pocos los tomamos, y créanme, lo mejor que pueden hacer es tomarlos con fuerza y no soltarlos, porque esa puede ser la primer página de una gran historia.

Hombre de largas barbas

Las ráfagas de viento golpeaban con desmedida furia contra los cristales, deslumbrantes relámpagos seguidos de ensordecedores truenos, y la lluvia, la jodida lluvia, en ocasiones maravillosa, esta vez abrumadora y terrible, temible.

Un sujeto de largas barbas caminaba entre las espesas callejuelas, el viejo sombrero no lograba evitar el paso del agua, la gabardina gris empapada era poco, pero mejor que la desnudez, mejor que un par de hojas de periódico, él lo sabía bien. La caminata era errática, balanceándose de un lado al otro, deteniéndose por instantes debajo de una carpa o un árbol para limpiar un poco los maltrechos anteojos.

Los automovilistas pasaban indiferentes, con sus cabezas totalmente metidas en sus propios asuntos, en sus problemas, en sus tristezas, esa noche absolutamente todo era gris. Los más veloces no hacían más que tirar una cortina de agua sobre el hombre de semblante triste y gafas torcidas, a quien parecía no importarle, es como si al estar en la piscina te preocupara un poco de lluvia, pensaba él.

Paso a paso acercándose a ningún lugar, caminando sin saber a dónde, doblando en la siguiente esquina sin encontrar el destino, y seguir, seguir gastando las energías, seguir acumulando horas sin dormir, sin soñar.

Cuando se vive tantas horas despierto, como dijo Palahniuk, no se está despierto realmente, pero cuando no hay opción alguna de cambiar dicho estado, estar despierto es lo más gratificante, terrible, pero gratificante. El cansancio es tremendo y los sentidos no captan la realidad, por el contrario, generan espejismos y engañan a la mente. Al final, no queda más que dormir, donde sea, como sea, debajo de un puente, en un parque o en un edificio abandonado.

Al despertar todo era distinto, no había tormenta ni estruendo, no había gabardina ni largas barbas, sino todo lo opuesto. El estrés despertó nervioso a Leo, hacía tiempo ya que tenía estas extrañas experiencias entre sueños, se aferraba a ellas por un rato y después las dejaba en el rincón de los recuerdos que no se quieren, pero no ese día, porque ese día al salir de su casa, poner llave a la cerradura y dar la vuelta, observó a un extraño sujeto, de largas barbas y anteojos rotos, de gabardina gris y errático caminar. Observó a ese hombre con el que, al menos por una noche, logró una real empatía.


Sabemos que nuestro viaje es largo y complicado, sabemos luchar por cumplir nuestras metas y que habrá caídas en el camino. Nos enseñan a levantarnos y aumentar el esfuerzo si es necesario, lo sabemos, es nuestra meta, nos hace bien personalmente. Sin embargo, cuando nos detenemos y cuestionamos qué hacer cuando podemos estirar la mano a alguien, dudamos. Dudamos sin darnos cuenta que si en el mundo hay algo que se siente bien, es la empatía.

Marina y las hojas

Marina era la más pequeña de cuatro hermanos, y la única niña, como si sus padres hubieran satisfecho su necesidad de tener una hija hasta el cuarto intento, dicha teoría era probable dada la necesidad de compañía que presentaba su madre, acostumbrada a vivir entre varones desde que su propia progenitora les abandonara cuando ella tenía apenas catorce años.

La vida en el rancho era cómoda y segura, y dado que la familia gozaba de una excelente economía gracias a que el padre de Marina había encontrado oro en las minas aledañas años atrás, incluso la educación de los niños no era motivo para sacarlos de su burbuja ya que recibían a dos profesores en la casa, cuatro días a la semana.

La joven, de diecisiete años, era ya la única acompañante de sus padres en casa, sus hermanos eran mayores ya y estaban formando su vida lejos del yugo parental, he de decir que no a todos les iba de maravilla, pero al menos ya intentaban rascarse con sus propias uñas. Marina gustaba de practicar equitación y jugar tenis, los deportes de conjunto le resultaban, de cierta forma, ridículos.

Una vez que sólo quedó ella, es decir, cuando el último de sus hermanos se marchó de ahí, Marina desarrolló, obligada prácticamente, sus habilidades sociales, las mismas que no había necesitado jamás, pero a punto de cumplir la mayoría de edad, se había quedado con su padre, a quien extrañamente se le veía desayunar o comer con la familia, y su madre, quien era de cierta forma la responsable de la sobre protección y el enclaustramiento que ella padecía.

En el rancho trabajaban aproximadamente veinte personas entre mayordomos, jardineros y cocineros, pero uno de ellos en particular llamaba la atención de la joven, un hombre no mayor de 35 años, de piel oscura y casi dos metros de estatura, su nombre era Joel y era uno de los jardineros de la finca de la familia, parecía una persona demasiado tranquila, eso lo hacía una persona misteriosa, y lo único que no es un misterio es que esas personas llaman la atención.

Marina solía sentarse a leer por las tardes en un columpio hecho con una llanta y una gruesa soga, mientras se perdía en mundo alternos llenos de paisajes recónditos y aventuras increíbles, su madre la observaba desde una de las ventanas del segundo piso, quizá recriminándose la soledad que padecía su hija, quizá satisfecha porque de esta forma no corría peligro.

Una soleada tarde, mientras su madre era llevada a una reunión con compañeras de la universidad, con quienes se reunía periódicamente para tomar té y jugar cartas, Marina decidió salir a caminar entre los sembradíos. Al acercarse a los mismos encontró a Joel sentado en la tierra, colocándose una suerte de vendaje improvisado con un trozo de su vieja camisa de franela blanca, esto despertó la curiosidad de Marina, quien muy poco discretamente preguntó al jardinero por qué no acudía por ayuda al interior de la casa.

Joel dudó en responder a la pregunta de la niña, pero dada su inocencia optó por darle un voto de confianza. Le preguntó si se había dado cuenta de los constantes cambios de personal que se daban en la casa, a lo que la niña asintió, entonces Joel le explicó que en trabajos como los que él realiza, una persona lesionada, que no puede rendir por completo o genera gastos a quien le paga, es despedida inmediatamente. Evidentemente Marina lo creyó por completo, la realidad es que esa fue la respuesta que tenía oculta detrás una amarga verdad, la madre de la niña era una patrona despiadada que no daba oportunidades a nadie, por lo tanto, si por algún motivo se enteraba de la mala condición de Joel, le echaría del rancho sin pensarlo dos veces.

Tras la densa explicación que dio el jardinero a la pequeña, sin acordarlo empezaron a caminar junto a los sembradíos, pasaron junto al viejo tractor y siguieron adelante, Marina platicaba de lo feliz que era en casa pero también de la curiosidad que le daba todo lo que había fuera de ella. Al llegar a un viejo y retorcido árbol la niña trepó y se sentó en una gruesa rama. Joel le siguió pero se tiró en el suelo, recargando su cansada espalda contra el tronco.

El joven jardinero preguntó a Marina si le gustaban las plantas, dada la respuesta de la niña parecían tener el cariño por la naturaleza en común, por ello Joel le dijo que le contaría un secreto, y que era una historia que ella sólo podía reservar para otra persona en el futuro, que le resultara especial en su momento.

Joel le platicó a Marina que pese a vivir en condiciones complicadas, había encontrado una forma de saciar sus ganas de imaginar, y que la había encontrado en algo que jamás se terminaría en su vida, pudieron ser las nubes, sí, o la lluvia, el viento o la brisa matinal, pero no, eran las hojas. Marina preguntó intrigada que por qué las hojas, el jardinero respondió que una anciana del pueblo de donde venía le había contado una leyenda, que esa mujer le ayudó en momentos crudos y que incluso le debía la vida, y las hojas, le recordaban a ella.

La leyenda hablaba de que todos los seres humanos, tras nuestra partida de cualquier sitio, dejamos algo de nuestra esencia en las hojas de los árboles, por lo tanto, cada una de las hojas de los árboles representaban una sensación, un deseo, una idea, un recuerdo, una lagrima o una sonrisa. Esa era la forma del mundo de impregnarse de todos nosotros.
Marina estaba encantada, jamás pensó que las hojas de los árboles pudieran llegar a tener tremendo significado para alguien de esa forma tan peculiar, y pasó por su cuerpo esa extraña sensación que nos recorre cuando nos identificamos con una idea. Tras concluir la historia, Joel tomó una hoja del árbol donde se encontraban y se la dio a Marina, diciéndole que esa hoja representaba un agradecimiento de su parte por haber compartido una tarde maravillosa.Al volver a casa, la madre de Marina la sorprendió platicando aún con Joel, en ese instante el joven de piel oscura entendió lo que esto significaba. Nunca se volvieron a ver.

En ocasiones la vida nos juega bromas y dependiendo de las consecuencias lo llamamos destino o mala suerte, lo cierto es, que la vida misma se encarga de darnos esos símbolos, esos mismos que quedan impregnados de alguien o algo que no quiere ser olvidados, todos los tenemos y los apreciamos, los gozamos y por instantes los sufrimos, pero, de qué sino de eso, de vivir para generar grandes instantes que serán recordados, se trata la vida.


Marina sigue llegando en ocasiones a aquél viejo árbol junto a los sembradíos, lo trepa como cuando tenía diecisiete y no le habla a las hojas, las escucha. ¿Que cómo lo sé?, porque a pesar de que Joel y muchos más llegaron para marcharse, yo sí trabajé en este rancho toda mi vida.

Fantasmas

Mi nombre es Julián, tengo más años de los que quisiera admitir, hace tiempo ya que he pasado los setenta. Soy una persona común, con una vida simple y mundana, durante algunos años compartí mi vida con una mujer cuyo nombre ya he olvidado, la edad resta espacio en el disco duro y no puedo permitirme olvidar mi dirección, el nombre de mi perro o el mío mismo.

Tengo artritis crónica y, como habrán notado, tendencia a olvidar, pero eso no me preocupa en demasía, ya que a todos nos pasa. Ese juguete que juramos cuidar toda la vida, ese primer gol en la cancha de la escuela, las primeras mariposas que revolotearon en nuestro interior, hasta esos a quienes llamamos ‘mi mejor amigo’ por años. Olvidar es parte de la vida, e irónicamente es algo que no podemos evitar, porque no está en nuestras manos.

Hoy hago ejercicio de memoria, a lo largo de mi viaje en este mundo conocí lugares espectaculares, vi grandes obras teatrales, películas que hicieron época y conocí a personas extraordinarias que marcaron mi vida en muchos aspectos, y es que no todos quienes nos marcan negativamente son seres diabólicos y sin escrúpulos. A decir verdad, en algún momento todos somos dañados por personas maravillosas, que no resultan ser enemigos, sólo tienen otra forma de vivir cada situación.

Fui feliz y aún lo soy, pero como todos, tuve una etapa complicada, no podría llamarla oscura pero sí que fue sombría. Un séquito indeseable me acompañaba a cada paso que daba, primero apareció como por casualidad, como un doble seis cuando lanzas los dados, como cuando lanzas el papel al cesto de basura y cae dentro. No era una situación usual y mucho menos inherente a mí, pero en ello se transformó.

Eran mis fantasmas personales, jugaban conmigo y en ocasiones su voluntad debía ser realizada. Me impidieron llevar a cabo muchos planes y eso para un hombre es todo un lío, porque bien dicen que a los hombres nos gusta hacer planes, pero llega el momento, al pasar de los años, que sobrevivir un día más es el único objetivo. Yo no lo sabía con antelación y lo descubrí muchos años después, pero eso no me impidió enfrentar a esos bastardos.

Recuerdo aquella tarde como pocas, llovía a cántaros y yo tenía un resfriado tremebundo, de esos que no te dejan respirar y te impiden pensar con claridad. Vi a través de la ventana a una niña pequeña, de seis o siete años, que caminaba bajo la tormenta. Intenté dar un paso y uno de los fantasmas me dijo que no podía salir, que no era seguro dado mi estado de salud, pero esa vez desobedecí, salí incluso descalzo y al volver a la casa dicho fantasma había desaparecido. Tras cuarenta minutos apareció la policía en las calles, salí y les dije que la niña estaba ahí. Su madre aún me envía un arcón durante los últimos días de cada año.

Me adentré en una lucha constante contra toda esa opresión, duró varios años, descubrí que los fantasmas existen y que hay que ponerles un alto, porque, así como mucho de lo que nos rodea aparenta ser distinto a lo que su esencia dicta, mis fantasmas no tenían todo el poder que yo imaginaba.

Los fantasmas existen y todos hemos conocido a varios de ellos, y eso no nos hace débiles, nos hace humanos, y enfrentarlos nos convierte en nuestros propios héroes. Tú sálvate porque yo por ti, en ese aspecto, no puedo hacer nada más que brindarte mi historia.










Viejo pastor

Corrió con todas sus fuerzas tras escuchar aquél misterioso ruido, sin voltear a ver el viejo armario, sin importarle que la puerta azotara tras su paso, huyó, como suspiro que lleva el viento. Era grande su desesperación, el corazón acelerado y la vista nublada, los oídos agudos seguían escuchándolo, y sus ojos, esos ojos.

Al salir de aquella casa el mundo le resultó desconocido, desconcertante, casi irreal, pero no se detuvo por ello, corrió y atravesó una concurrida avenida salvando la vida de milagro. Las personas a su alrededor lo veían como ve un padre de familia al secuestrador de su hija pequeña, con asco, con desprecio. Los niños pequeños, temerosos pedían ser levantados por sus padres o se colocaban detrás de ellos sujetándoles el pantalón. Un pequeño le estiró la mano, sólo para recibir un manazo y la reprimenda de su madre.

Caminó por horas y no pudo encontrar su ruta de regreso, aunque a decir verdad el volver ahí no sería tan agradable después de todo. El clima no ayudaba, la lluvia hacía acto de presencia, había pasado dos horas para sentirse cómodo en ese nuevo sitio y ahora, con los truenos, relámpagos, la lluvia y el sol que se ocultaría escasos diez minutos después, había que comenzar de nuevo.

Pasaron los días y su retorno parecía cada vez más lejano, se iba desvaneciendo, no entendía lo que pasaba, no era la vida a la que le habían acostumbrado. Las certezas que tenía se fueron apagando mediante gritos, patadas, y una que otra pedrada. Cayó rendido, no podía más. Parecía que no había hecho más que parpadear cuando levantó la cabeza y se encontró encerrado en una oscura habitación, podía ver la luz exterior por la rendija de la puerta pero una reja le impedía el paso.

Jamás lo supo antes de ser inyectado con una extraña substancia, la única persona que se había preocupado por él yacía muerta en su propia casa con una bala de su propio revolver alojada en la cabeza, justo junto a su cama, pero él no pudo hacer nada para evitarlo, a final de cuentas, era sólo un perro.

A lo largo de nuestro recorrido por este mundo, la vida nos va llevando hacia un punto en el que la rutina nos deja saber lo que pasará, lo intuimos, lo sabemos. Entonces estamos perdidos, entonces hemos perdido la capacidad de sorprendernos.

El hombre de gafas oscuras

De la puerta de aquella extraña casa salieron un hombre de gafas oscuras y su perro de pelo dorado, caminando a paso lento y constante cruzó entre los arbustos que adornaban la entrada, parado frente al buzón se detuvo por un momento, se inclinó y dio al perro un bocadillo, giró a su derecha y se pusieron en marcha.

Los viejos suburbios eran un buen lugar para pasar los últimos años de una ajetreada vida, los ancianos que le veían pasar gritaban su nombre y él respondía gustoso, pero jamás volteaba a ver a quienes le brindaban sus saludos. El perro sacaba la lengua y parecía devolver la cortesía.

Los niños jugaban futbol en el parque, el sonido de las fuentes reconfortaba al extraño sujeto y el perro olfateaba todo lo que estaba a su alcance. El hombre, de nombre Damián, tenía ya 45 años y lucía un tanto solitario. Se regocijaba con los miles de sonidos que encontraba a su paso, los niños que reían, el paso firme de los jóvenes que caminaban una y otra vez a su lado, el sonido del agua al rebotar con la base de la fuente, la campana del hombre de los helados.

Cada jueves al medio día estaba en el mismo sitio, hacía ya cuatro meses que Julieta lo encontraba ahí cada semana, ella era una joven de no más de treinta años. Se sentaban en una vieja banca y Damián sacaba un libro de su antiguo portafolio, lo ponía en manos de Julieta y ésta iniciaba la lectura donde habían terminado una semana atrás. Los libros de aventuras parecían consumirse velozmente, los relatos eran un día de dos niños que fueron muy buenos amigos y al otro de un montañista que viajaba por el mundo. Julieta leía con tal emoción que en ocasiones no contenía las lágrimas, se sentía dentro de la historia, siempre hubo un personaje para ella.

Al terminar cada relato intercambiaban opiniones al respecto, por momentos debatían si el final había sido el mejor, si el protagonista debió desertar o dar su vida para salvar a la mujer que amaba. Julieta disfrutaba inmensamente leer en voz alta para Damián, para su hermano. Preguntaba emocionada de dónde obtenía esas ideas tan llenas de creatividad. Del mundo - decía él - de lo que alguna vez vi y ahora sólo puedo escuchar.


En nuestro viaje conocemos a muchos sin saber quiénes quedarán. Adquirimos vicios que nos alejan de unos y nos acercan a otros. Sólo podemos apegarnos a nuestras pasiones y mantenernos con quienes demuestran lealtad, ya sea una Julieta o un perro de pelo dorado. Abre los ojos.